En la economía contemporánea, el verdadero músculo de una empresa ya no se mide en metros cuadrados ni en toneladas producidas. Se mide en conocimiento, en marca, en datos, en procesos, en innovación acumulada. En activos intangibles. Unos activos que ya representan más del 90% del valor de las empresas líderes mundiales, una tendencia que se acelera con la digitalización. Sin embargo, esa realidad convive con una cultura empresarial que aún no ha interiorizado del todo cómo identificar, activar y proteger ese capital invisible.
Sobre esa tensión, entre lo que se genera y lo que se gestiona, giró la mesa redonda ‘La gestión de los activos intangibles en la empresa’, celebrada en el marco de la jornada ‘Activos Intangibles: Propiedad Intelectual vs. Secreto Empresarial’, organizada por La Opinión en colaboración con la Fundación Isaac Peral. Moderada por Patricio Valverde, director gerente de la Fundación Isaac Peral, la sesión abordó el eje central del debate: la dualidad entre patente y secreto empresarial como estrategias de protección y valorización del conocimiento corporativo.
Activar para rentabilizar
Cristina Giner, experta en activos intangibles y propiedad intelectual, puso el foco desde el inicio en lo que definió como una «disociación»: las empresas generan intangibles, pero no siempre los activan contablemente. «Y lo que no se activa, no se pone en valor».
El problema no es meramente técnico, según expuso. Activar un intangible en balance supone «reconocer que ese activo existe, que tiene capacidad de generar rendimientos futuros y que forma parte del núcleo estratégico del negocio». Sin ese paso, la empresa renuncia a monetizarlo a través de «licencias, ventas parciales o totales, o a acogerse a regímenes fiscales incentivadores» como el llamado Patent Box (incentivo fiscal que permite reducir la base imponible de los ingresos netos derivados de la cesión o transmisión de activos intangibles creados por la empresa). Se produce, en definitiva, un «desfase» entre la realidad económica y su reflejo contable.
Si no activas el intangible, jamás podrás rentabilizarlo estratégicamente
Cristina Giner
— Experta en activos intangibles y propiedad intelectual
Giner defendió la necesidad de revisar internamente qué activos se están generando, evaluar cuáles pueden activarse y construir a partir de ahí un ciclo de vida rentable del intangible. En su planteamiento, la gestión de estos activos no es una cuestión residual ni delegable sin más: requiere especialización. De hecho, abogó por incorporar en las organizaciones la figura de un consejero en materia de intangibles, al mismo nivel que los asesores financieros o laborales, para integrar la dimensión estratégica de la propiedad intelectual en la toma de decisiones.
Patent Box y disciplina interna
Desde la perspectiva científica y empresarial, Sergio Streitenberger Jacobi, director científico de AMC Ideas, aportó una visión práctica de la gestión de patentes. En su compañía, explicó, existen patentes «con más de quince anualidades» que no han quedado como títulos inertes, sino que han evolucionado, tanto en procesos como en productos, coexistiendo además con secretos empresariales.
Sin medidas razonables de protección, el secreto no existe jurídicamente
Sergio Streitenberger
— Director Científico de AMC Ideas
Para Streitenberger, el Patent Box no es solo un instrumento de optimización fiscal. Es, sobre todo, una herramienta que «profesionaliza la gestión de la innovación». Acogerse a este régimen, asegura, exige trazabilidad: «Vincular el activo protegido con los ingresos que genera, identificar los costes asociados, imputar adecuadamente el tiempo y los recursos humanos dedicados. Esa disciplina interna fortalece la cultura de innovación más allá del beneficio tributario».
El secreto como decisión
Frente a la apuesta por la patente, Raquel Rubio Retamar, consejera delegada de Gor Factory, expuso la otra cara de la moneda: el secreto empresarial. En su compañía, la decisión no es uniforme para todos los productos o procesos, pero la balanza se inclina hacia el secreto.
A diferencia de la patente, que sigue un procedimiento reglado y público, el secreto exige una arquitectura interna rigurosa. No basta con declarar que algo es confidencial: «Hay que estructurar procesos, sistemas tecnológicos, ERPs, accesos y protocolos que garanticen que esa información está efectivamente protegida». La complejidad no es menor que la de la patente; en algunos aspectos, es mayor, según puso de manifiesto Rubio.
El secreto empresarial obliga a estructurar procesos y controles internos sólidos
Raquel Rubio
— Consejera Delegada de Gor Factor
La consejera delegada de Gor Factory subrayó que la estrategia de su empresa, presente en numerosos mercados internacionales, se centra especialmente en «la protección de la marca y de los dominios». «La marca no es solo un signo distintivo, sino un activo que transmite confianza y respaldo al cliente», subrayó. En entornos globales, salir al exterior sin haber blindado previamente la propiedad industrial supone exponerse a una vulnerabilidad innecesaria. La internacionalización, reconoció, les obligó a reforzar el asesoramiento especializado en intangibles, una «carencia histórica» que hoy consideran superada.
Cultura preventiva
Desde el ámbito jurídico, Juan Pedro Saavedra López, socio-director de AFC Legal & Tributario, introdujo un elemento que, según él, es clave: la cultura preventiva. A su juicio, las empresas suelen acudir al abogado «cuando el problema ya se ha materializado». Sin embargo, en materia de secretos empresariales, a su juicio, la prevención es determinante.
Hasta 2019, recordó, el secreto empresarial «carecía en España de una regulación específica y se apoyaba en fórmulas dispersas, como el artículo 13 de la Ley de Competencia Desleal». La transposición de la directiva europea dio lugar a una ley con «reglas claras y concisas» que establecen «tres requisitos» para que una información sea considerada secreto empresarial: «Que sea secreta, que tenga valor empresarial y que haya sido tratada como tal mediante medidas razonables de protección».
El Patent Box profesionaliza la innovación y exige trazabilidad interna rigurosa
— Socio-Director de AFC Legal & Tributario
Es en este tercer requisito donde se concentran la mayoría de fracasos judiciales, según Saavedra. No basta con que la información sea objetivamente confidencial; «es imprescindible acreditar protocolos internos, acuerdos de confidencialidad, controles de acceso, sistemas de encriptación y bases de datos protegidas». Sin ese «control razonable», los tribunales difícilmente concederán medidas cautelares o indemnizaciones. En este sentido, es donde se considera crucial la «labor preventiva de asesoramiento».
Proteger para crecer
En el turno abierto al público, Federico Miralles, director general de Industria de la Región de Murcia, aportó una reflexión institucional que elevó el debate al plano estratégico. La protección de la industria regional, afirmó, es una cuestión de competitividad. «Tenemos una industria muy potente, muy investigadora y que avanza mucho en innovación. Si no la protegemos, con el paso del tiempo perderá ese valor», afirmó.
Para las empresas maduras, el reto es adaptarse. Para las nuevas, en palabras del director general, la exigencia es mayor: deben nacer ya con cultura de protección, con protocolos internos y con conocimiento de la normativa vigente. En un contexto global marcado por la inteligencia artificial, el acceso masivo a la información y riesgos externos crecientes, la ciberseguridad, añadió Miralles, se convierte en un elemento implícito e inseparable de la gestión del secreto y de la propiedad industrial. El riesgo externo, advirtió, siempre estará ahí y actuará con determinación para apropiarse de aquello que no esté debidamente protegido.
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